Campaña Barataria: Khemri de Fernando
Posted: Tue Jan 13, 2026 10:30 am
Trasfondo:
Un estruendo despertó a Rahotep. Salió de su pirámide y vio cómo unos hombres de aspecto bárbaro sacaban el sarcófago de oro de su esposa de la pirámide gemela a la suya. Los esqueletos ya estaban formando bajo las órdenes de su lugarteniente, Foralash.
Los salvajes habían conseguido mantener un cordón entre las puertas de Rasetra y la pirámide, llevándose a toda prisa todas las riquezas que podían cargar. Foralash los estaba presionando; no les quedaba mucho tiempo antes de que cedieran.
Un rugido espectral salió de sus resecos labios, un grito que hizo girar las cabezas de aquellos saqueadores que portaban el sarcófago. El cabecilla era un hombre con armadura negra cubierta de pieles de oso, cabeza rapada y una barba que rodeaba su boca. Empezó a dar órdenes a sus hombres, haciéndoles aligerar el paso.
Rahotep se dio la vuelta para descender a las calles de su ciudad. En cada pasillo que recorría, un par de Guardias del Sepulcro se unían a su escolta.
“¿Cómo ha podido pasar?”, se preguntaba mientras avanzaba dando grandes zancadas hacia las caballerizas.
Una vez allí, subió al carro real y su escolta se dirigió a sus respectivos carros.
—¡Ha llegado la hora de la caza! ¡Nuestro descanso ha sido perturbado por la codicia de esos bárbaros! ¡Enseñémosles lo que es la civilización!
¡POR NEHEKHARA! ¡POR SETTRA!
Las ruedas de los carros crujieron sobre el pavimento de piedra de la ciudad nehekhariana de Rasetra y viraron hacia las puertas orientales. Les interceptarían en el desierto, donde tendrían ventaja. Bordearon la muralla hasta llegar a la puerta por la que habían irrumpido los norteños.
Foralash ya los había empujado fuera de la ciudad, pero aún tenían fuerza suficiente para plantar batalla a las falanges nehekharianas. Rahotep, sin girar la cabeza, ordenó:
—Cargad por la retaguardia y aniquiladlos. Que no sufra ningún daño el sarcófa—
Un ruido sordo, seguido de un agudo pitido, cortó su orden. Un portal se abrió en la retaguardia de los bárbaros: una fisura en la realidad que teñía todo de un azul antinatural. Los saqueadores comenzaron a cruzarlo, introduciendo el sarcófago en su interior.
Rahotep veía cómo los restos de su esposa y los tesoros de su ciudad se le escapaban de las manos.
—¡Rápido, al portal! —ordenó.
Los carros emprendieron una carrera desesperada hacia la grieta, de la que emanaba un potente olor a ozono.
Foralash rompió el centro de los bárbaros que aún defendían la retirada, avanzando en formación de punta de flecha hacia el portal, matando a todo aquel que se interponía entre él y su destino. La formación norse, al verse superada, huyó en desbandada hacia la fisura, que empezaba a cerrarse.
El caudillo de los incursores se tomó el tiempo suficiente, mientras corría hacia su salvación, para mirar a los ojos a Rahotep —que seguía a todo galope— y dedicarle una sonrisa, marcada por una cicatriz que le recorría el rostro desde el mentón hasta la frente.
La ira de Rahotep era incontenible.
—¡Más rápido! ¡Que se haga mi voluntad! —ordenó.
Pero en cuanto el caudillo cruzó el portal, este se cerró, dejando un silencio absoluto en el campo de batalla.
Foralash se detuvo en seco, a apenas unos metros del lugar donde segundos antes se encontraba la fisura, y se giró rápidamente.
—No los matéis. Necesitamos a alguno vivo —rugió a sus tropas no muertas.
Horas después, tras intensos interrogatorios, un nombre salió de la boca de varios norses: Barataria.
Había llegado el momento de recuperar lo que era suyo. Pero la guerra de Settra estaba resultando costosa y no podía disponer de todas sus fuerzas. Así, Rahotep reunió un pequeño ejército expedicionario y se dirigió al puerto de Zandri.
Aún quedaban muchos kilómetros.
Aún quedaban muchas cabezas que cortar.
“Recuperaré lo que es mío. Tenedlo claro, norteños.”
Un estruendo despertó a Rahotep. Salió de su pirámide y vio cómo unos hombres de aspecto bárbaro sacaban el sarcófago de oro de su esposa de la pirámide gemela a la suya. Los esqueletos ya estaban formando bajo las órdenes de su lugarteniente, Foralash.
Los salvajes habían conseguido mantener un cordón entre las puertas de Rasetra y la pirámide, llevándose a toda prisa todas las riquezas que podían cargar. Foralash los estaba presionando; no les quedaba mucho tiempo antes de que cedieran.
Un rugido espectral salió de sus resecos labios, un grito que hizo girar las cabezas de aquellos saqueadores que portaban el sarcófago. El cabecilla era un hombre con armadura negra cubierta de pieles de oso, cabeza rapada y una barba que rodeaba su boca. Empezó a dar órdenes a sus hombres, haciéndoles aligerar el paso.
Rahotep se dio la vuelta para descender a las calles de su ciudad. En cada pasillo que recorría, un par de Guardias del Sepulcro se unían a su escolta.
“¿Cómo ha podido pasar?”, se preguntaba mientras avanzaba dando grandes zancadas hacia las caballerizas.
Una vez allí, subió al carro real y su escolta se dirigió a sus respectivos carros.
—¡Ha llegado la hora de la caza! ¡Nuestro descanso ha sido perturbado por la codicia de esos bárbaros! ¡Enseñémosles lo que es la civilización!
¡POR NEHEKHARA! ¡POR SETTRA!
Las ruedas de los carros crujieron sobre el pavimento de piedra de la ciudad nehekhariana de Rasetra y viraron hacia las puertas orientales. Les interceptarían en el desierto, donde tendrían ventaja. Bordearon la muralla hasta llegar a la puerta por la que habían irrumpido los norteños.
Foralash ya los había empujado fuera de la ciudad, pero aún tenían fuerza suficiente para plantar batalla a las falanges nehekharianas. Rahotep, sin girar la cabeza, ordenó:
—Cargad por la retaguardia y aniquiladlos. Que no sufra ningún daño el sarcófa—
Un ruido sordo, seguido de un agudo pitido, cortó su orden. Un portal se abrió en la retaguardia de los bárbaros: una fisura en la realidad que teñía todo de un azul antinatural. Los saqueadores comenzaron a cruzarlo, introduciendo el sarcófago en su interior.
Rahotep veía cómo los restos de su esposa y los tesoros de su ciudad se le escapaban de las manos.
—¡Rápido, al portal! —ordenó.
Los carros emprendieron una carrera desesperada hacia la grieta, de la que emanaba un potente olor a ozono.
Foralash rompió el centro de los bárbaros que aún defendían la retirada, avanzando en formación de punta de flecha hacia el portal, matando a todo aquel que se interponía entre él y su destino. La formación norse, al verse superada, huyó en desbandada hacia la fisura, que empezaba a cerrarse.
El caudillo de los incursores se tomó el tiempo suficiente, mientras corría hacia su salvación, para mirar a los ojos a Rahotep —que seguía a todo galope— y dedicarle una sonrisa, marcada por una cicatriz que le recorría el rostro desde el mentón hasta la frente.
La ira de Rahotep era incontenible.
—¡Más rápido! ¡Que se haga mi voluntad! —ordenó.
Pero en cuanto el caudillo cruzó el portal, este se cerró, dejando un silencio absoluto en el campo de batalla.
Foralash se detuvo en seco, a apenas unos metros del lugar donde segundos antes se encontraba la fisura, y se giró rápidamente.
—No los matéis. Necesitamos a alguno vivo —rugió a sus tropas no muertas.
Horas después, tras intensos interrogatorios, un nombre salió de la boca de varios norses: Barataria.
Había llegado el momento de recuperar lo que era suyo. Pero la guerra de Settra estaba resultando costosa y no podía disponer de todas sus fuerzas. Así, Rahotep reunió un pequeño ejército expedicionario y se dirigió al puerto de Zandri.
Aún quedaban muchos kilómetros.
Aún quedaban muchas cabezas que cortar.
“Recuperaré lo que es mío. Tenedlo claro, norteños.”