Expedición IX Falange de Rasetra

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Nafendor
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Expedición IX Falange de Rasetra

Postby Nafendor » Tue Feb 17, 2026 3:25 pm

El balanceo de la galera no le gustaba nada a Rahotep, siempre se sintió mas seguro en tierra firme, su cabeza no paraba de dar vueltas sobre los incursores y como se habían llevado impunemente el sarcófago de su esposa. “¡Malditos!” juro para sus adentros. El centinela hizo las señas de tierra a la vista, eso le saco de su ensimismamiento. Por fin, llegaban a destino, lástima que la expedición fuera tan escueta, pero no podía dejar la ciudad a merced de otro ataque y Settra seguía necesitando fuerzas para su guerra en el Norte.

- Conforme se vayan liberando las tropas de la guerra en el Norte, me las vas mandando, protege nuestra ciudad, se digno del cargo que ocupas – Le había dicho a Foralash antes de partir en dirección a Zandri. Era un soldado leal y jamás dudaría de su eficacia, sabia que tarde o temprano irían llegando barcos con más hombres para su guerra.

Los cascos de las galeras tocaron la arena de playa y la pequeña expedición empezó a desembarcar, bajo la falange de guerreros esqueleto, los exploradores a caballo y los carros de guerra, todos guiados por un sacerdote del culto mortuorio llamado Setep. El terreno no era propicio para los carros, así que intentaron sacarlos de las playas y el bosque que crecía cerca cuando de pronto una ráfaga de jabalinas cayó sobre ellos.

- ¡Subid a los carros! ¡Formad ya! – Rugía Rahotep. La falange empezó a marchar hacia la espesura del bosque y los jinetes, se dispersaron mientras disparaban contra la vegetación, llegando a sus oído los siseos de unos eslizones.
“Lagartos” Como rey de Rasetra antaño tuvo buenas relaciones con los hombre lagarto de las tierras del sur, pero estaba claro que estos no estaban por la labor de hablar. El rey ordeno cargar a través de la playa contra unos eslizones que había salido de la vegetación para poder alejarse de los guerreros esqueletos. Uno de sus carros quedo atascado en la orilla mientras el resto apisonaba a los pobres lagartos. Un rugido mucho mas grave llego desde la jungla y fuertes golpes de espadas contra escudos empezaron a resonar “La falange había entablado combate y posiblemente fuera contra saurios”. Rahotep mando girar los carros para introducirse en la maleza para apoyar a sus guerreros cuando un aluvión de serpientes y lagartos de diferentes tamaños se interpusieron en su camino, ralentizando su avance, pero matándolos a todos a su paso. Cuando por fin se liberó de esos enjambres odiosos, pudo ver lo que había sucedido. Setep yacía en el suelo muerto y la falange estaba completamente destruida, custodiada por un grupo de saurios con su líder un escamadura enorme.
- ¡Retroceded! – ordeno el rey
Ya nada podía hacer contra semejantes enemigos. Salió del bosque perdiendo un trozo de carro en su salida con tan mala suerte que unos desdichados eslizones fueron sorprendidos por los carros que los arroyaron sin piedad.
- Nos retiramos, esperad a recomponed las fuerzas, no podemos destruir a esos lagartos con lo que tenemos – volvió a ordenar, los saurios no podrían atraparlos, pero ellos no podían matarlos, se encontraban en una posición que no podía beneficiarle, era mejor una retirada que una masacre.
Horas después a las afueras se juntaron las fuerzas de nuevo, Setep aparecía con la falange, con los escudos muy dañados, y recompuestos como a trocitos, esos reptiles los habían aplastado pero bien, el sacerdote no tenía mejor aspecto. “Esta isla esta lejos de las tierras del Sur ¿Porque hay lagartos aquí? ¿Y porque son tan agresivos?” mientras meditaba, un jinete venía a informar:
- …Mi…Rey… Elfos…Delante… – dijo con una voz que parecía más un susurro entrecortado.
- Formad de nuevo, ¡Carros conmigo! – Ordenó el rey – Setep esta vez que no te cojan desprevenido, ocultaos y dadnos apoyo si somos superados.
El sacerdote asintió y avanzo con la falange de nuevo a ocupar posiciones.
Rahotep, una vez en su carro, vislumbro lo que tenia delante eran pequeños grupos de arqueros exploradores silvanos. “Veamos como huyen de mis carros” marcho con su escolta de carros mientras los jinetes suprimían a los jinetes elfos. El movimiento fue tan rápido que arroyo a la guardia de honor del general elfo, no sin antes perder dos carros en la playa. “Este terrenos nos va a costar la expedición”. La agilidad de los elfos les permitió retirarse si casi sufrir bajas, consiguiendo llevarse el ultimo carro de la unidad. Rahotep estaba solo, el resto del ejercito estaba muy lejos para ayudarle, si quería sobrevivir dependería de el mismo. Unos arqueros salieron del bosque saltando sobre el carro para matarlo, pero no tuvieron en cuenta que aunque estuviera solo, seguía siendo un rey funerario de Nehekhara, con un barrido de su kopesh se deshizo de los arqueros y cargo contra los siguientes, los cuales murieron con la misma carga al no esperarlos. Rahotep tenia el cuerpo lleno de flechas parecía un erizo, pero aun podía con la situación encaró el carro y cargo contra el capitán de los elfos y su guardia de honor destruyéndola en la propia carga. Los jinetes elfos acosados por los jinetes esqueletos huyeron al ver que su victoria era fútil y su derrota evidente.
El rey se reunió con el sacerdote y le exigió que reanimara sus carros con presteza:
- Hay que salir de esta maldita playa, nos esta haciendo más daño que nuestros propio enemigos… - Dijo – ¿Pero cuánta gente vive en este sitio?

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Nafendor
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Re: Expedición IX Falange de Rasetra

Postby Nafendor » Fri Feb 27, 2026 8:57 am

Poco después de abandonar las playas, la IX Falange de Rasetra levantó un campamento en un claro, más allá del bosque. La pequeña expedición aprovechó el descanso para rehacerse: repararon las carlingas de los carros, recompusieron los escudos maltrechos e incluso el propio rey se dedicó a arrancarse las flechas del cuerpo mientras Setep le ayudaba a cerrar las heridas.
Rahotep había aprendido lo justo del culto mortuorio. Poseía pequeñas habilidades: reanimaciones menores, algún hechizo humilde. Lo suficiente para saber que Setep estaba haciendo un buen trabajo. Aun así, nunca se había fiado del todo del culto.
A la mañana siguiente, un buitre grande y oscuro comenzó a sobrevolar el campamento. Antes de descender, su cuerpo se deshizo en decenas de escarabajos de distintos tamaños que se dispersaron en dirección a las tiendas. Uno de ellos, enorme, portaba un pequeño rollo de papel. Inexplicablemente, se dirigía hacia la tienda real.
—Foralash… —pensó Rahotep—. Puede que haya enviado refuerzos.
El insecto se posó en su mano y dejó caer el mensaje antes de alzar el vuelo. El lugarteniente confirmaba que, tras su partida, había despachado varias fuerzas que llegarían escalonadamente a la isla.
El rey ordenó regresar a la playa para construir un embarcadero improvisado.
—Dejaré una guarnición que asegure la línea de abastecimiento.
Diseñaron un corredor fortificado desde el precario muelle hasta el campamento. Mientras los obreros no muertos trabajaban, un pequeño grupo de altos elfos apareció entre los lindes del bosque, al norte. Más que guerreros, parecían leñadores por su atuendo y sus enormes hachas.
Rahotep los observó con curiosidad. Quizá pudiera parlamentar.
Una descarga de flechas cayó sobre los esqueletos.
—¿Qué les ocurre a las gentes de esta isla?
Ordenó formación de combate y avanzó con su carro para localizar al comandante enemigo. Sus carros chocaron contra los supuestos leñadores, que partían la madera en astillas con golpes brutales.
“Dioses…”
Sin vacilar, giró hacia el flanco enemigo. Su falange había hecho retroceder a una de las unidades y presionaba a la otra.
—Ya no hay vuelta atrás.
Cargó contra el capitán elfo y lo arrolló bajo las ruedas. Tras la caída de su líder, los elfos se dispersaron en el bosque. No había sido una batalla, solo una advertencia. Y Rahotep sabía que volverían.
Setep apareció más tarde, con el rostro desfigurado, relatando cómo había sobrevivido y la ferocidad de aquellas elfas. El rey lo escuchó con visible hastío.
—Setep, vuelve a tu labor. Termina el embarcadero. Me retiro al campamento. No me molestéis salvo que lleguen los refuerzos… o nos ataquen.
El sacerdote asintió y se alejó apoyado en su bastón.
Al alba del día siguiente, el corredor amurallado estaba terminado. Los esqueletos habían trabajado sin descanso. Con las primeras luces, una galera se aproximó al embarcadero.
De ella descendieron lanceros, arqueros y caballeros de la necrópolis montados en enormes serpientes de piedra.
—Ah… Foralash, siempre leal…
Rahotep sintió cómo algo parecido al orgullo recorría sus huesos resecos.
—Setep, deja aquí a la falange con la caballería esquelética. El resto avanzará conmigo hacia el interior.
—Que se haga su voluntad, oh mi rey.
La marcha comenzó en silencio. Fría. Muerta.
Rahotep recordó fugazmente cuando aún respiraba. Cuando podía tocar a su esposa. Cuando los hombres gritaban su nombre en el fragor de la batalla.
Jamás volvería a oírlos.
—Soy eterno… maldita sea. Os mataré a todos.
El sonido de una trompeta anunció un nuevo encuentro.
Un acantilado cortaba el paso. Solo dos estrechos pasillos permitían avanzar.
—Caballeros, tomad el paso izquierdo. Setep, al centro. Los carros conmigo, por el derecho.
Frente a ellos, un ejército elfo formaba con armaduras azules y plateadas, impolutas.
“Estos no son los del bosque…”
Las estatuas vivientes avanzaron por el estrecho y chocaron contra una línea de hachas élficas. Los carros bordearon el precipicio por el paso derecho, tan ajustados que uno estuvo a punto de caer al vacío.
La carga fue devastadora. La caballería plateada cedió.
El general elfo se interpuso para cubrir la retirada.
La caballería serpentiforme destrozó a los guerreros con pieles de león y se lanzó contra las arqueras. Dos descargas precisas impactaron contra los constructos, que se desmoronaron hechos pedazos.
Rahotep persiguió a las elfas, que se refugiaron tras los restos de la caballería plateada. El rey cargó de nuevo, casi aniquilándolos, cuando el noble elfo, tras destruir los carros, giró hacia él.
—Ven, elfo. Tú tendrás siglos… yo soy milenario.
El golpe del arma a dos manos descendió con furia. Rahotep lo esquivó y, con un tajo de su gigantesco khopesh, partió en dos al corcel enemigo.
Entonces el campo se iluminó.
Por el pasaje central emergió la falange completa. De las manos de Setep brotaron llamaradas que consumieron a los arqueros.
Los supervivientes élficos se retiraron.
Rahotep examinó el cadáver del noble.
—Estos no son los del primer ataque…
Un sonido de trompetas resonó al otro lado del acantilado. Rugidos de leones.
“Nos han seguido…”
—Setep, prepara las fuerzas.
El rey se acuclilló y observó las monedas que caían del cuerpo del elfo.
Eran del tesoro de Rasetra.
¿Cómo era posible?
No era una mala señal. Significaba que estaba en el lugar correcto.
Y si debía combatir en aquella isla hasta el fin de los tiempos… lo haría.


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