Campaña Barataria: la expedición de honor de Thorgar Martillogris

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Condotierro
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Campaña Barataria: la expedición de honor de Thorgar Martillogris

Postby Condotierro » Sun Jan 11, 2026 3:41 pm

Trasfondo:

Año 2278 del Calendario Imperial, último día de Geheimnistag

¿Y si esta vez los Ancianos no estuvieran equivocados?

Jamás pensé que escribiría estas líneas, y menos aún antes de embarcar rumbo a una isla que, hasta hace unas semanas, ni siquiera existía. Me llamo Thorgar Martillogrís, Señor de mi clan por derecho de sangre y de acero, y dejo constancia de esto no por fe, sino por deber. Si he de partir, que quede registro de mis dudas… y de mi disgusto.

Entre los pergaminos más antiguos del salón del consejo hay una historia que siempre desprecié: la Leyenda de la Cámara del Juramento Hundido. Se dice que, en los albores del Viejo Mundo, cuando los enanos aún mirábamos al mar como a un enemigo que debía ser domado, un grupo de clanes alzó una fortaleza en una isla sin nombre, en el corazón de la Bahía Negra. No era un bastión para la guerra, sino para la palabra dada. Ya entonces me parecía una idea absurda: nada bueno sale de confiar en el mar ni en quienes viven lejos de la roca firme.

Allí, en lo más profundo de la piedra, se excavó una cámara sellada con runas de vínculo y lealtad. En ella se guardaban juramentos imposibles de romper: pactos entre clanes, promesas de venganza aplazada, deudas de sangre que no podían ser cobradas hasta que llegara el momento adecuado. Los Ancianos dicen que aquellas runas no protegían oro ni armas, sino algo más peligroso: la verdad de los enanos. Como si ya no tuviéramos suficientes verdades pesándonos sobre los hombros.

La leyenda continúa afirmando que, cuando uno de aquellos juramentos fue quebrado —por cobardía o ambición, los textos no se ponen de acuerdo—, la fortaleza fue condenada. El mar la reclamó, la piedra se resquebrajó y la Cámara del Juramento fue tragada por las aguas, llevándose consigo nombres que aún hoy no se pronuncian en voz alta. Nombres tachados, rencores incompletos… justo el tipo de asuntos que resurgen cuando menos se necesitan.

Siempre creí que era una advertencia, no un hecho. Un cuento para recordar que un juramento roto pesa más que un hacha mal afilada. Algo que se cuenta a los jóvenes para que aprendan a cerrar la boca y cumplir su palabra.

Pero ahora una isla ha emergido donde antes solo había bruma y corrientes traicioneras. Y los Maestros de Runas murmuran que sienten ecos antiguos, como si viejas promesas golpearan desde debajo de la piedra, exigiendo ser escuchadas. Murmuran mucho, los Maestros de Runas, cuando no son ellos los que tienen que subirse a un maldito barco humano.

El Consejo ha decidido enviar una expedición de honor. Así lo han llamado, con toda la solemnidad que exige la ocasión. Un contingente pequeño, dicen, pero digno. Y, por supuesto, alguien debía liderarlo. Alguien con nombre suficiente para cargar con la vergüenza si todo resulta ser una farsa… o con el peso del rencor si no lo es. Ese alguien soy yo.

No creo en presagios. No creo en islas malditas que regresan del fondo del mar. No creo en brumas eternas ni en coincidencias convenientes. Pero creo en la lealtad al clan, y el clan cree que algo de lo nuestro yace allí, esperando. Y eso basta para atarme las botas y soportar el balanceo de un casco de madera mal ensamblado.

Por eso parto hacia Barataria. No para reclamar reliquias, ni para reabrir viejas heridas, sino para comprobar con mis propios ojos si la Cámara del Juramento sigue existiendo… o si, al hacerlo, despierto un rencor que jamás debió ser recordado. Me irrita profundamente pensar que otros —humanos o peor, elfos— puedan meter sus manos donde hubo juramentos enanos.

Si estas palabras sobreviven a mí, que quede claro: no fui por fe, ni por gloria, ni por gusto.

Fui porque un Martillogrís no huye de las deudas, ni siquiera de aquellas que el mar intentó ocultar. Y porque, aunque me pese admitirlo, alguien debe asegurarse de que el honor del clan no quede enterrado bajo las olas.

Lista 500 puntos:

++ Personajes [64 pts] ++
Thane [64 pts]
(Hand weapon, Great weapon, Full plate armour, General, On foot)

++ Unidades Básicas [361 pts] ++
14 Dwarf Warriors [155 pts]
(Hand weapons, Heavy armour, Great weapons, Shields, Veteran (champion), Standard bearer, Musician)

9 Thunderers [90 pts]
(Hand weapons, Handguns, Heavy armour)

10 Rangers [116 pts]
(Hand weapons, Crossbows, Heavy armour, Standard bearer)

++ Unidades Singulares [75 pts] ++
5 Irondrakes [75 pts]
(Hand weapons, Drakeguns, Full plate armour)
"You met me at a very strange time in my life..."

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Condotierro
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Re: Campaña Barataria: la expedición de honor de Thorgar Martillogris

Postby Condotierro » Wed Jan 21, 2026 6:00 pm

Año 2278 del Calendario Imperial, tercer día de Vorgeheim

¿Y si la isla ya hubiera probado nuestra sangre antes de reclamarnos del todo?

He aprendido que los humanos llaman “honor” a cosas muy distintas según sopla el viento.

El primer choque fue contra Bretonia, como no podía ser de otra manera. Caballeros con estandartes bordados y promesas vacías, lanzándose al galope contra un enemigo que no huye.

La batalla, sin embargo, se decidió cuando los Dracohierros aguantaron. Sostuvieron el flanco izquierdo hasta que ya no quedó flanco alguno.
Dos unidades. Solo dos. Cargados una y otra vez por caballería pesada, rodeados, pisoteados, cubiertos de barro y sangre ajena. No avanzaron. No retrocedieron. Aguantaron. Cada impacto contra su armadura fue un juramento cumplido. Cuando la caballería bretoniana se rompió por agotamiento y miedo, el campo estaba cubierto de cuerpos… y de enanos que ya no volverán a ver la forja. He ordenado que sus nombres se graben juntos. No hace falta nada más.

El duque bretoniano, desesperado por salvar algo parecido al honor, lanzó una última carga directa contra los Martillos del Alba, la unidad con la que yo marchaba. Vi cómo los caballos chocaban contra la muralla de acero y cómo las lanzas se partían como ramas secas. Cargaron una y otra vez, convencidos de que el peso de sus caballos bastaría para quebrar una línea enana. No lo hizo. Aguantamos. No con brillantez ni con gloria, sino con terquedad.

Fue entonces cuando el duque gritó su desafío, señalándome por encima de los yelmos y los cuerpos. Tuvo la desfachatez de exigirme un desafío.

Acepté. No por orgullo, sino porque era lo más rápido.

Su lanza se astilló contra mi escudo rúnico y su espada resbaló por mi yelmo como lluvia inútil. Cuando desmontó, ya estaba cansado. Cuando fue consciente, ya estaba muerto. Un solo golpe, limpio, que le partió el peto y las certezas. Los bretonianos guardaron silencio; siempre lo hacen cuando uno de los suyos descubre que las leyendas mienten.

La victoria fue nuestra. El precio, también.

Año 2278, sexto día de Vorgeheim

Hoy los Atronadores se han marchado.

Oficialmente, regresan al hogar para “reponer pólvora de calidad apropiada” y “cumplir protocolos de forja y bendición rúnica”. Excusas limpias, bien redactadas, que no engañan a nadie. Los conozco demasiado bien. No abandonan a su señor sin razón… y esta razón huele a preparación, no a retirada. Se hacen llamar los Hijos del Estrépito, y prometieron volver antes de que el eco de sus disparos se enfríe en estas malditas colinas. He asentido. Un Martillogrís sabe cuándo no hacer preguntas.

Mientras tanto, los refuerzos han llegado.

Un Girocóptero, rugiendo como un dragón enfadado, pilotado por Borin Alasdehierro, que sonríe demasiado para alguien que vuela en una máquina que desafía a Grungni. Su mera presencia ha elevado la moral más que cien discursos.

Los Dracohierros han sido renovados. Nuevos escudos, nuevas barbas, viejas miradas. Las unidades caídas han sido fusionadas y renombradas: ahora se hacen llamar los Inquebrantables de Barataria, y el nombre les pesa como debe.

Y hoy, por fin, han llegado los Rompehierros.

Veteranos. Silenciosos. Sus armaduras están tan marcadas como sus rostros. Marchan bajo el estandarte de los Custodios del Juramento de Piedra, y al verlos formar he sentido, por primera vez desde que pisé esta isla, algo parecido a tranquilidad. Si existe un lugar donde una línea no debe romperse, ellos estarán allí.

No creo en presagios. Pero empiezo a aceptar que los Ancianos quizá no estaban tan equivocados.

La isla sigue en silencio.
Demasiado silencio.

Y aún no hemos llegado a la fortaleza.
"You met me at a very strange time in my life..."


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